Una vez, en el trabajo, me tocó liderar un proyecto súper complicado con poco tiempo y un montón de expectativas. Me sentía atrapado porque no sabía cómo organizar todo, la presión de cumplir con todo me agobiaba, y para colmo, no paraba de criticarme por no avanzar como quería.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que lo mejor habría sido tomarlo con calma, dividir las tareas en pasos más pequeños y celebrar cada avance, por más mínimo que fuera. También entendí que los errores no son el fin del mundo, sino parte de aprender, y que no siempre tengo que cargar con todo solo: pedir ayuda hace toda la diferencia. Ahora sé que puedo enfrentar retos sin dejarme hundir por el estrés y aprovecharlos para crecer.